Lo entendía todo

¿Has estado alguna vez en un psiquiátrico? 

Lo que verdaderamente da miedo no es la locura, sino la inteligencia contenida; una cantidad ingente por metro cuadrado. Mentes preclaras, ampulosas, laberínticas, sensibles. En realidad no están ahí por la locura. La locura es algo muy extendido, cotidiano. Están ahí por la incapacidad de nuestra sociedad para convivir con ciertos estados mentales. Nuestra apariencia de estabilidad. No hemos encontrado un hueco para ellos en nuestro día a día. Ha habido días en mi vida en los que deseaba de forma ferviente ingresar en un psiquiátrico. Una pausa y la seguridad de un experto diciéndote que sabe perfectamente lo que te pasa y que le pasa a más gente. Conozco la pena más profunda, desesperada, el vértigo, desasosiego, sentir con una fuerza que te tira al suelo, ojos ardiendo, mordiendo el sofá para gritar y que no acuda nadie al grito. Seguir así hasta que oscurece, y poco a poco levantarme, ir al espejo del baño a mirar mi cara vencida al rojo por las lágrimas; mirarme, no entender y decidir bajar a por el pan, totalmente en vacío. ¿Alguna vez has sentido eso? ¿No? Es una pena. Es una de esas experiencias que ni tú, ni tus seres queridos podéis apreciar. Sólo cuando puedes ver tu vida desde el frío en el que residen los cuerpos celestes se puede disfrutar de la belleza de un naufragio vital. Sólo como espectador se puede. Vamos a ser honestos: si no eres médico, paciente, o allegado, no vas a tener la suficiente curiosidad para pasar por un psiquiátrico. Y también dejaremos esta parte aquí, porque esta historia no trata de mí, ni de ti, trata de él. 

 

Siempre que entro en un psiquiátrico, le hago el mismo chiste a la recepcionista: Me dejaréis salir luego, ¿no?. Siempre se ríen. Creo que han tomado consciencia de lo cerca que estamos todos de la locura. Me senté a esperar en un banco de madera cuando atrajo mi atención un paciente en concreto; plácidamente sentado en la ventana, observaba el jardín. Tomás —un chaval diagnosticado con esquizofrenia— se me acercó y me dijo: 

 

—Interesante, verdad? le llamamos Teo, pero nadie sabe como se llama, porque no habla con nadie. 

 

Cuando pasas un rato en un psiquiátrico empiezas a ver los patrones de normalidad en la convivencia. Su forma de mirar, gesticular, hablar. El respeto. Estas personas notan el vacío de la escucha y les atrae.  Tomás lo notó y empezó a contarme lo que se sabía de Teo. 

 

Aparentemente, llevaba ingresado más de diez años y no hablaba con nadie, ni siquiera con los médicos. Se sabía que no era un problema cognitivo, de hecho, lo entendía todo. La expresión plácida de su rostro era casi hipnótica.No siempre fue así. Se decía que Teo había entrado con una historia que contar y que tras contársela al médico, simplemente se quedó en silencio y no volvió a hablar. Porque sí y porque no. 

 

Teo había sido un niño superdotado. Hablaba perfectamente en 3 idiomas a la edad de 4 años, herencia de sus padres. Era extremadamente inteligente y le encantaban los puzzles. Decían que tenía el hábito de hacer un par de puzzles de 1000 piezas cada tarde, deshacerlos y volverlos a hacer. Los devoraba. Por supuesto, los educadores se volcaron  con Teo. Hasta en las clases de los avanzados, Teo brillaba. A la edad de 7 años conocía 15 idiomas, leía más rápido que sus profesores, y devoraba las bibliotecas. Realmente les puso contra las cuerdas, no sabían que enseñarle, no tenía límite aparente. Aprendió el ajedrez y le fascinó, un tiempo al menos. Derrotó a varios maestros y salió en los periódicos de su país. Era un prodigio. No era el estudio en los libros, era su comprensión del espacio y de las formas; su juego parecía extraterrestre. Su velocidad de pensamiento eran tan alta que empezó a dedicarle tiempo a observar el mundo fuera del tablero. Otras partidas, a los espectadores y finalmente la cara de sus rivales. Le fascinaban las frentes arrugadas, los entrecejos apretados, los poros. Empezó a sentir la respiración de sus oponentes, el movimiento involuntario de sus ojos, a contar sus pestañeos. Casi podía predecir los movimientos, y le pareció un juego mucho más interesante que el ajedrez en sí. Es cierto que este descubrimiento le hizo perder muchas partidas, y le situó entre la masa de jugadores mediocres, pero prefirió jugar sin mirar los escaques y las piezas, respondiendo únicamente a los micro gestos faciales de sus oponentes. 

 

Llegó a la edad en la que el cuerpo reclama prestar atención a otros cuerpos, y la prestó, claro. No era especialmente introvertido, y su fascinación por el lenguaje no verbal le dió frutos jugosos. Algo le cansaba en el lenguaje, quizá el hecho de tener que adaptarlo a cada persona según su nivel cultural, así que empezó a estudiar cada movimiento y su significado secreto; poco a poco frente al espejo desarrolló una forma de comunicarse sin palabras, directamente al centro animal del cerebro. De esta forma se hizo terriblemente eficaz en las relaciones, de la naturaleza que fuesen. Podía deshacer una discusión moviendo suavemente los hombros, llamar a alguien con el cuello, amenazar con la palma de la mano extendida con el ángulo sutil de los dedos. Sin embargo, sentía la soledad, ya que nadie conocía su lenguaje. Deseó enseñarlo, pero sabía demasiado sobre la historia de la humanidad para comprender que se utilizaría para esclavizar, más que cualquier otra cosa. Decidió compartir parte de lo que sabía donde menos peligroso le parecía, en la Universidad. Fue allí donde llegó a la veintena, sin saber muy bien qué hacer con su vida, ya que lo tenía todo, y no tenía realmente a nadie. 

 

Adolecía de la terrible soledad de ser el último en una especie, o mejor dicho, el primero. Como no tenía iguales, lo fingía. Había aprendido de la amalgama emocional que se desplegaba dentro de las personas cuando llegaban a atisbar el abismo intelectual que les separaba. Había aprendido las relaciones sin prejuicio. No le molestaba que sus parejas tuviesen una parte de interés egoísta en su relación; al fin y al cabo, él también la tenía. Sí podía ver el amor del que se habla en las películas, agazapado detrás de los torbellinos mentales que genera el día a día. La necesidad, el interés, el amor, la furia, la ternura… Lo entendía todo. Y lo aceptaba, porque no había otra cosa. Se casó y tuvo hijos. Hijos muy normales, para los que fabricó un sistema pedagógico a fin de lanzarlos al mundo cargados de oportunidades y ventajas. Los amó; los amó mucho. Pero todavía se sentía vacío. Decidió que observar al ser humano le había consumido demasiado tiempo, y decidió que quería conocer el puzzle completo, así que quiso dedicarse al estudio del universo. Estudió la física, la biología, la filosofía, la religión. Su hijo le regaló un telescopio, y pasó horas perdido entre los astros. Su mente despegó y empezó a comprender el patrón. Entendió la relación entre lo grande y lo minúsculo; era un dibujo creciente. Tanto se expandía, y tanto se expandía su cabeza con él, que no le daba tiempo a escribirlo ni a narrarlo. Por fin sintió que estaba vestido, por fin un traje perfecto para su mente elástica,  un enigma sin fin, que no saciaba su hambre de saber pero que no se agotaba. 

 

Cuando sus ojos volvieron a girarse hacia la tierra, y se encontró al fin con otros ojos, en lugar de palabras le brotaron lágrimas; todos los que veían esas lágrimas obtenían una visión parcial de lo que había visto allá arriba. Una visión demasiado amplia para una mente rígida que el cerebro precavido borraba de inmediato dejando, no obstante, una sensación que a su vez llamaba al agua en sus ojos. Y en esa lágrima se contenían tanto la alegría de haber visto lo maravilloso como la tristeza nostálgica de abandonar un conocimiento que no está hecho para la mente humana. 

 

Nadie sabía si la voracidad de Teo se había saciado. Por un tiempo no habló, miraba inexpresivo a su preocupada familia. En ese tiempo sucedieron cosas muy humanas alrededor de Teo, ya que la vida seguía moviéndose y él parecía detenido. Cuando volvió a hablar su mujer le pidió el divorcio, al que accedió sin condiciones. Sus hijos le instalaron en una modesta casa de campo, como deseaba, con vistas a un valle de árboles perennes. Tan sólo les pareció llamativo el encargo de múltiples espejos. Visitaban a su padre semanalmente y éste no mostraba ninguna intención de volver a la Universidad. Teo se comportaba cordialmente con ellos, como antes del incidente. Hacía café, hablaba con ellos y parecía estable emocionalmente. Al abandonar la casa, siempre recordaban que habían olvidado preguntarle a qué se dedicaba cuando estaba solo, o si tenía intención de dedicarse a algo. 

 

Fatídico o feliz el día en que su hija Cristina se olvidó la chaqueta en su casa y al volver, llena de curiosidad, se acercó caminando a la ventana para ver a qué se dedicaba su padre cuando estaba solo. De aquel curioso encuentro recordaba a su padre frente al espejo, ensayando una sonrisa. Recordaba cómo su vista se posó sobre la comisura de sus labios reflejada en el espejo y poco a poco fue abarcando la boca, la nariz, los ojos y, finalmente, el rostro completo de su padre. En ese momento, le envolvió un vértigo precioso; por sí mismo, su cuerpo apartó los ojos del espejo y contempló los árboles. Éstos brillaban, y parecían hablarle de sus años. El tiempo perdió su sentido. Sus oídos se llenaron de ruido, primero del viento, luego de las hojas y ,por último, le pareció escuchar el crepitar del planeta moviéndose por el espacio. Fue en este punto en el que se detuvo su memoria, aunque tenía la sensación de que más cosas pasaron antes de llegar al desmayo. Cuando Cristina pudo levantarse, tenía la mejilla llena de tierra. Tosió y se puso de pie. Le temblaban las piernas mientras se acercaba a la puerta de su padre. Dudó con la mano levantada si golpear la madera. En ese momento, su padre abrió la puerta con cara de serenidad. Simplemente, le dijo “necesito que me acerques a un sitio”, y Cristina, simplemente, asintió. 

 

Así fue como acabaron en un psiquiátrico. Cristina le acompañó callada y esperó mientras su padre hablaba con el médico. Mirando alrededor, pensó que era realmente un sitio agradable, con jardín y pasillos amplios. Tras abrazar a su padre, salió del edificio hacia el coche y estuvo sentada en la oscuridad un instante muy largo, antes de encender las luces, arrancar el motor y salir de parking sin mirar atrás. 

 

— A Teo nunca le visita nadie —dijo Tomás. 

En ese instante, algo detrás de mí llamó la atención de mi joven amigo; se levantó y se fue sin despedirse. Me quedé solo, otra vez, mirando a Teo. Teo giró la cabeza y me miró, con una sonrisa despreocupada. ¿Se puede decir que una sonrisa es inexpresiva? Por fin me llamaron; recogí las cosas del banco y me levanté. Mientras caminaba por el pasillo, me fijé en una habitación cuya puerta estaba abierta. En la pared del fondo había un espejo. Me detuve a mirar mi rostro. Empezando por la boca, la nariz y, finalmente, mis ojos. La sonrisa de mi propia mirada. 

 

Relato escrito originalmente para el blog de mi amiga Esther Collado. Octubre de 2015. https://eluniversodeistar.blogspot.com/

 

Lo contrario del amor

—Me duele decirlo, —dice finalmente— pero a esta edad sólo quedamos la morralla. La gente que no hemos sido capaces de tener una relación estable, y será por algo. Los tarados.

—No digas eso, tía; —le respondo — yo no me siento así.

Un poco sí me siento así. No me jodas, estoy intentando animarte. Al menos ahora sé que no soy yo solo. La autoestima se resiente, y uno se pregunta qué le pasa.

—Mira, —continúo— te voy decir lo que siempre me dice mi hermana: buscar pareja a cierta edad es como comprar un electrodoméstico de segunda mano; tienes que coger el que tiene un arañazo en la puerta, porque el que no lo tiene, algo le pasa en el motor.

Se ríe. Bueno, ¿qué más quieres? Nadie le arregla la vida a nadie hablando. Mi hermana es una grande, la verdad. No siempre nos llevamos bien. No siempre le ha ido bien. Tras un divorcio horrible y dos operaciones de cáncer de mama, sale con un tipo muy normal. Bueno, vota a Vox, pero por lo demás es normal; la trata bien, tienen sus propios chistes, la situación es estable.

—Otro puto fracasito —es Berni el que me habla—. Este es el motivo por el que me da pereza conocer a alguien. Inviertes todo el tiempo y la energía que tienes y queda en nada.

Le quedan bien las canas. Yo no tengo canas, porque tengo menos pelo que él, o porque he bebido más alcohol que él, y me ha conservado mejor. Es un tipo inteligente, pero sobre todo tiene buen corazón. Debe ser porque sus padres le llevaron a un colegio de hippies; de los que no te encajan en un pupitre diez horas, y te dejan desarrollar tus propios juegos con los otros niños. No tiene un físico de revista, pero es fuerte. Sus manos son bonitas, fuertes, grandes. Una vez me dio un abrazo tan intenso que me sacó una costilla del sitio. No me haría daño a propósito. Sus ojos son muy limpios.

—Al menos has estado con cuatro mujeres este año, —dice Helen— míralo por el lado positivo.

Me ha hecho reír. El lado positivo. Es psicóloga de pareja, sabe del tema. Hace tiempo decidí que sólo estaba dispuesto a aceptar consejos de personas a las que les va bien en la materia en cuestión; ella cumple mi máxima al respecto. Hace poco se casó con mi amigo Álvaro, la boda más emotiva de mi vida. Van bien, tienen conflictos y los abordan. Se quieren.

—Sí, —respondo— es verdad; pero no es lo que buscaba, quería tener una relación.

—Son todas unas zorras.

Reconozco esa voz, pero es demasiado vergonzante para él y para mí, así que me niego a mirarle de frente.

—¿Te has hecho gay? —le pregunto— No tengo problemas si te has hecho gay. Pero si no te gustan los tíos, y quieres volver a tener una relación con una mujer, no le veo nada positivo a esa actitud. No puedes tener una relación sana con una mujer pensando eso, no puedes pretender amar a alguien que piensas que es tu enemigo.

Siendo sinceros, a nuestra edad ya tenemos una lista de felonías que el género opuesto ha cometido contra nosotros. Es común, aunque me sigue sin parecer normal, tener un periodo de odio contra el otro sexo. Tengo muchas amigas y me gustan las mujeres, así que he conseguido que el mío dure menos de veinticuatro horas. Menos incluso en esta ocasión. Oigo a Kiko Veneno cantar: tú me estás queriendo a mí un quince por ciento menos, no me lo niegues.

—No somos monógamos, —dice Josep desde detrás del mostrador— somos polígamos secuenciales. No se puede decir que seamos monógamos porque todos hemos tenido más de una pareja, aunque no a la vez.

Me suena a un argumento para montar tríos. Es un tipo muy abierto. Es músico. No sé si este pensamiento me llevará a alguna parte, aunque ahí está.

—¿Por qué me quieres? — me pregunta Raquel— Dime cosas positivas que aprecias de mi.

—Porque tienes un culo maravilloso, —le respondo— y porque desde que te conozco me duran menos los paquetes de embutido. Y porque me guardaste la bolsa de gusanitos de la semana pasada.

Se ríe. Hubiera querido darle mil argumentos, pero no tenía ninguno. Simplemente la quería; por todo. Y me pareció bueno en aquel momento no ser capaz de explicar un sentimiento.

—¿Por qué somos amigos?

Elsa suelta la pregunta, y es terrible. Es terrible porque no se puede responder. Fue mi primera novia. Tiene razón. No hay ningún motivo para ser amigos. Pero es una pregunta injusta: ningún amigo sabría explicartelo.

—Ven a Valencia, —no recuerdo su nombre— tenemos un grupo de poliamor.

—¿Eso qué es?

—Exploramos diferentes formas de amar, —se explica— formas diferentes a lo convencional; todos hemos tenido relaciones que no han ido bien, quizá es la base que está estropeada.

— Pero, —respondo— ¿folláis?  

—No necesariamente.

—Pues avísame cuando empecéis a follar, —me río— es la mejor parte de las relaciones, no veo por qué habría que quitarla de la ecuación.

Se ríe. A ella también le gusta follar. No va a ser conmigo, porque me da reparo por mi amigo. Aunque no es celoso. Hay mucha gente que se lo toma como un insulto, salir con una mujer con la que ellos han salido antes. Si no es tu novia, lo elegiste tú. A él y a mí nos da igual. Siempre le he deseado lo mejor a mis ex.

—El amor es lo más prostituido que hay; —dice el maestro— nadie se enamora libremente, uno elige un amor fácil, conveniente. De la edad que prefiere, del género que prefiere, de la economía que prefiere…

Tiene mucha razón: no somos libres y nuestro corazón tampoco. Hace poco vi un vídeo que explicaba en pura matemática el mínimo porcentaje que tenemos de encontrar el amor de nuestra vida. Pese a todo nos enamoramos, porque estamos dispuestos a amar.

Mildred y Thomas

Elegí Mildred porque es un nombre que describe físicamente al personaje del que quiero hablar; describe perfectamente su estado físico descuidado, a la vez que su higiene escrupulosa. Mildred podría ser el nombre de una protagonista de origen caucásico, ascendencia nórdica, o británica, es completamente aséptico y expresa con claridad el carácter común, desapasionado de una señora de mediana edad y vida anodina.

El caso es que Mildred trabaja en una oficina, y es gris a jornada completa. Mildred escucha atenta las ironías de sus compañeros de trabajo hablando de sus compañeros de trabajo ausentes, y sospecha que también hablan de ella cuando no está, como es lógico. Aunque tiene razón, sus compañeros de oficina hablan de ella a sus espaldas, pero no mucho, precisamente por la poca chicha que ofrece para los carniceros especialistas. Mildred no participa de las críticas, que le parecen inmorales; considera que son hábitos desconsiderados que están por debajo de su nivel educacional. No obstante en su régimen ético también considera que no debe ser juez ni intervenir para que dejen de darse dichas charlas de pasillo nacidas del aburrimiento. Esto es vivir entre dos aguas como siempre ha vivido: mediocre social, académica, y laboralmente hablando.

Mildred sale recientemente de una relación larga en el tiempo y eterna en el corazón, con su novio de toda la vida, vamos que lo tenía desde los veinte. Ya rozando los cuarenta surgió la incomodidad de descubrirse amigos y compañeros de piso, y la pasión que nunca estuvo es finalmente ejecutada por la rutina. Mildred no conoce el orgasmo y lo considera normal. Otras posturas más allá del misionero le parecen incómodas, y el coito prolongado le causa eritemas en las ingles que prefiere evitar. Esos son sus gustos sexuales.

Atendiendo a la crítica de una compañera referente a la falta de material que criticar, una frase del tipo “Ay hija, que sosa eres”, Mildred decide que efectivamente necesita rellenarse de alguna afición. Viajar no porque es incómodo, caro y peligroso, además de no entenderse muy bien con el palo de hacerse selfies. Mildred participa en una página de poesía como correctora ortográfica, y crítica amateur. Hace amigos con los que entabla una buena y razonable relación a distancia enriquecida por emoticonos. También descubre que hacer puzzles le gusta, pero sólo si caben en la mesa de su salón, porque modificar mucho la casa la desorienta. Nada comprometido, mil piezas máximo.

Vamos a meter aquí un personaje masculino para que la vida de Mildred tenga algo de emoción. Lo vamos a llamar Thomas a falta de un nombre mejor. También he buscado otros nombres que dieran a entender su aspecto rubicundo y sedentario. Podría haber elegido John, por su vulgaridad, o algo que comenzase por “B” porque la forma de la letra parece una barriga cervecera, pero he elegido Thomas porque significa “igual que los demás” (comparte raíz con “tomos”, como los tomos iguales de una enciclopedia), vamos nada destacable sobre otros hombres.

Quiero además para esta historia que su relación comience de una manera nada espectacular, y que no esté basada en mentiras del tipo amor a primera vista, porque ninguno de nuestros protagonistas es un adolescente, ni se entrega a una promesa. No, esta relación tiene que basarse en algo muy real, como el miedo a la soledad que sienten los adultos cuando empiezan a darse cuenta de que la enfermedad y la muerte son cosas muy reales. Si las relaciones a esta edad estuvieran basadas en el amor en lugar de un puro egoísmo, estaríamos solos; solos se sufre menos cuando otros mueren antes que nosotros, sobre todo si los amamos, y a la edad de Mildred y Thomas sabemos de sobra que todos vamos a morir, aunque no se quiera. Digamos que Thomas y Mildred se conocen porque Thomas escribe poesía de cuando en cuando, y saluda perpetuamente los buenos días, hasta que un día ambos descubren que viven tan solo a unos kilómetros y sería maravilloso tener una relación tan cómoda. Les viene bien.

A Thomas también le gusta el misionero, y sabe que las relaciones de pareja se basan en el sexo, y cumple con Mildred porque eyacula en un tiempo razonable, sin que le salga el eritema de las ingles. El tiempo va dando confianza y Thomas ya se permite quedarse más tiempo en casa de Mildred después de follar. Mientras ella hace sus puzzles, él mira las visitas que tienen sus poesías en el blog, mira vídeos de concursos de música, gente que se cae, o historias de superación personal en youtube. En ocasiones pasa el ratón por encima de las miniaturas de las artes marciales mixtas, pero no quiere verlos con Mildred en la habitación y desde luego no quiere que queden en el historial para no incomodarla.

Un día Thomas mira a Mildred por encima de sus gafas, desde el ordenador, y se imagina que la agarra por ese pelo rizado y le estampa la cabeza contra la mesa dejando todo el puzzle desperdigado por la habitación y manchado de sangre. Sabe que es algo sin sentido, a lo Camus, pero le gusta el ejercicio mental de imaginarse yendo a la cárcel y saliendo en las noticias. Concluye que sería muy incómodo, pero el hecho de pensarlo le excita, y por una vez le propone a Mildred que follen por segunda vez en la misma visita. Mildred accede claro, para ser espontánea. Le sale eritema pero poco.

Podemos seguir a partir de aquí, pero seguramente esta historia sea una de tantas que no van a ninguna parte, no tiene un mensaje claro ni moraleja. Como la vida misma.

 

 

 

Todo lo supuesto.

Pasado el doble de edad de una adolescente, tenía los ovarios bien hinchados, un cabreo importante con la vida, y un vacío que pesaba demasiado.

Había cumplido con todo lo que se requería; todo lo dicho; todo lo supuesto. Estudió duro, consiguió un buen trabajo, se casó, tuvo un hijo; pese a todo parecía que la felicidad le negaba sus caricias.

Tenía buena memoria de ese momento en el que decides que serás feliz cuando consigas algo, lo que tú quieras, y haces un pacto silencioso. Una vez cruzados los umbrales, justo después de la satisfacción de haber llegado, la sensación se desvanecía; simplemente. Su buena memoria le decía que no eran estos los términos del acuerdo.

Lo efímero, la propiedad de lo pasajero, le parecía un timo muy gordo. Sentía que corría de quicio en quicio, saltando a través de las puertas, y el destino no llegaba nunca, a diferencia del agotamiento.

Había intentado hablarlo con su entorno, su hermana, sus amigas. Aunque notaba que en el fondo compartían la carga, no querían abordarla; en seguida querían hablar de otras cosas.

No sentía consuelo en los polvos rutinarios, que se habían convertido en una masturbación a dúo con su pareja. Había probado el sexo clandestino, pensando que le faltaba la aventura en su monogamia, pero el vacío no se iba, ni se lo iba a llenar ninguna polla.

Su hijo crecía sano, muy deprisa, y su alegría le dejaba un regusto de amenaza, porque el tiempo es implacable, y ella no tenía nada que ofrecerle, salvo el deseo de que nunca le alcanzase esta congoja.

Pintaba, escribía. Alcanzó el arte como otra puerta de un barco sumergido, sintiendo que se ahogaba. Ni por esas. Hasta que el arte dejó de ser un huida fallida, y se convirtió en el lenguaje de lo inexpresable.

Un día frente al espejo, su primera cana fue la gota que colmó el vaso. Su hijo ya independizado, le dijo a su marido que le veía como un amigo y que se iba.

La he visto en un restaurante. Sonreía mirando al mañana desconocido.

 

La Eternidad

La profesora pilló a Ramón pegando un chicle debajo de la mesa. Sin querer, provocó una epifanía en el niño al preguntarle si tenía ansias de eternidad, si quería vivir para siempre en el mundo a través de un chicle masticado. La verdad es que Ramón sí quería.

Le hizo levantarse a tirar el chicle a la papelera. Al volver a su sitio, se quedó muy callado mirando a la pizarra. No estaba arrepentido, estaba dibujando su futuro con la tiza de su mente.

Se quedó pensando en los museos que conocía. Recientemente habían estado en el arqueológico y le había llamado la atención la sandalia de un niño romano. Él no sabía como se llamaba aquel niño. Tampoco sabía como se llamaban los dueños de todas aquellas cosas antiguas metidas en vitrinas.

Pensó en las probabilidades de que en un futuro encontrasen su estuche. Se dio cuenta de que era improbable que en el futuro supieran su nombre y eso era una mierda. Sin embargo los libros… Sabía de Virgilio, Homero, Eurípides no te Sofocles que te Esquilo…

Escribir y pasar a la historia por sus textos, igual un podía crear un blog, y hacerse famoso.  De tantos siglos, qué poquitos había con nombre propio. Además él leía por obligación, no quería que obligasen a los niños del futuro a leer sus redacciones.

Dibujar no se le daba mal, pero sobre tela no sabía. Los colores no eran iguales sobre la tela. Una vez intentó pintar una montaña de su pueblo, pero todo el mundo creía que era un platillo volante. Pensó en un cuadro feo, el grito de Munch; pensó que quizás su familia también pensaba que pintó extraterrestres. Picasso también pintaba raro. Kandinski pintaba mierdas de colores.

Igual era cuestión de práctica. Lo que hicieron esos, él se sentía capaz de hacerlo. Ya tenía el plan: tenía que convencer a sus padres de que le apuntasen a clases particulares de dibujo, para llegar a dominar la tela y la pasta.

Le preocupaba la idea de asegurarse un billete al futuro. Tenía que llegar a ser realmente bueno para exponer entre toda esa gente muerta. O no… También podía colar sus cuadros en los museos por la puerta de atrás.

Pensó en pintar cuadros parecidos a aquellos pintores, y colarlos cuando no mirase nadie. Su madre le había llevado al museo Soroya varias veces, y había allí muchas mesas con espacio a las que nadie prestaba atención. Quizá podría dejar alguna obra, o colarla en los cajones de los muebles.

Firmaría sus cuadros pegándoles un chicle usado por detrás, o quizá algún texto manuscrito, por ejemplo la letra de alguna canción, o una página de los cuadernos de deberes del año pasado.

Sonó el timbre. Tocaba recreo.

 

 

 

Ojos de Espejo

Una mujer sale de la discoteca con los ojos brillantes y las pupilas égidas. Mira el asfalto negro y la calle entra en ella por sus ojos negros, pero no es la calle, ni es ella, porque es todos sus tiempos.

Antes de ser mujer fue niña. No le gusta mucho lo que le toca vivir, no entremos en detalle de una familia sin estructura, y sin embargo destaquemos que le gusta de la vida, lo que más, la lectura; y de los libros, los que más, los de fantasía. Crece en mundos que no son los suyos, inmigrante, refugiada.

Termina la educación básica, y ansiosa empieza a trabajar en una cadena de restaurantes de comida rápida. Busca una habitación alejada de su barrio de toda la vida, un barrio de los que se llaman bajos, fuera de la M30.

Sale de noche y una vez más esta en la puerta de la discoteca con los ojos brillantes y las pupilas égidas. Mira el asfalto negro y la calle entra en ella por sus ojos negros.

Conoce a Juan, el príncipe nocturno. Se besan. Juan le promete la noche, ella la acepta. Se pasean por ella sin pasado y sin futuro. Se muda con Juan, y Juan, de día no es un príncipe. No le gusta mucho lo que le toca vivir, no entremos en detalle de fábulas de sapos y besos pero al revés, todo muy loco.

Limpiando la papelera, sin ganas de volver a casa, se pone a revisar los tickets, entradas de teatro. Empieza a apuntar los nombres, las fechas. Pasa ratos muy largos inventando historias sobre las cosas que encuentra, y las anota en una libreta.

Se refugia en la bibliotecas, pero no lee, escribe. Conoce a Lucas, se besan, y Lucas le promete las páginas de su cuaderno de poeta. Ella acepta. Hace el amor con Lucas y luego vuelve con Juan a vivir su drama.

Juan también quiere hacer el amor, o follar, le da igual pero quiere su renta. No le gusta mucho lo que le toca vivir, no entremos en detalle de violaciones y apuñalamientos, limpiar el suelo, cortar la moqueta y huir.

Madrid es grande, no la encontraran, y hay muchas otras bibliotecas. Se instala en una pensión con su maleta, en un barrio bajo, pero no en el de toda la vida, en otro, fuera de la M40.

Mira su libreta, le gustan mucho más las vidas que escribe que la pensión. Busca un trabajo en un supermercado, y se da cuenta de que ya casi todos pagan con tarjeta. Ve la puerta.

Fuera de la discoteca con los ojos brillantes y las pupilas égidas. Mira el asfalto negro y la calle entra en ella por sus ojos negros.

Hace amigos, fuera de la M40. Empieza clonando tarjetas, es joven, no guapa, pero atractiva. Se mezcla con gente adecuada. Aprende los misterios del papel. Decide que es mejor que sea otro al que no le guste lo que le toca vivir, pero no entremos en detalles de traición y redadas, cocaína ni trata de blancas.

Se fuga, no la encontrarán, ni nosotros tampoco, porque conoce los misterios del papel, sabe matar, escribe historias en su libreta con los tickets que tiras a la papelera, y vive todas las vidas que quiere, en Madrid, que ha sido siempre su casa.

Porque con papeles y tarjetas la vida es muy fácil, si no te lo crees pregunta al negro que vende cds pirata en tu barrio, que es un inmigrante, refugiado.

Negro, como el asfalto, que entra por sus ojos negros y brillantes, con las pupilas grandes como la égida.

 

 

 

La vida involuntaria

Nació como una masa entre ellos de noche, sin anuncio, con una gestación de mucho más que nueve meses, de todo lo que no se decían. No pensemos que era feo. Aunque la sinceridad suele ser apreciada en hipótesis, no en la práctica, la mayoría de lo que no se dice es precisamente lo bello.

Era una masa traslúcida de colores fluctuantes, similar al humo. Observaba en silencio de suerte que fue a imitar un cuerpo y un rostro humanos en todo lo que podía parecer. Observando aprendió a andar, a pestañear, incluso a tener pelo o más bien a imitarlo.

Era un ser que sentía plenamente, sin hablar, e invisible a todos salvo quizás al perro, que claramente lo evitaba. Vivía tímidamente en los rincones por miedo a que lo arroyaran. Murmuraba muy bajito aprovechando el ruido de la televisión para no molestar. Veía la tele, leía los libros que se dejaban abiertos, miraba por la ventana.

Constatado su anonimato, un buen  día siguió a uno de sus progenitores al trabajo, mientras los gatos le maullaban por la calle. Al llegar descubrió que no estaba solo; había otro como él en la oficina, más alto, más tenso, y con bigote. Le saludó con calidez, sonrisa amplia y ojos achinados. Charlaron un poco de sus cosas de gente intangible. De vez en cuando, su nuevo amigo agitaba un látigo que golpeaba lentamente a algún humano, que cambiaba de expresión y se recolocaba en su silla rápidamente.

Tras un grato tiempo de reconocimiento, sabiendo que no estaban tan solos, se despidieron para no molestarse, ya que ambos tenían que volver a sus ocupaciones. Saliendo a la calle contento, salvo por la sensación de que realmente no sabía cuales eran sus ocupaciones, ni para que vivía, ni si la vida tiene motivos.

Se paró en un parque a observar a los pájaros, y los pájaros le miraban de vez en cuando, recelosos. Admirado se dio cuenta de que la mayoría de personas llevaba en su chepa un ente de las cosas que no decían, de distintos tamaños, y de colores cambiantes. La mayoría de los entes estaban mucho más vivos que las personas.

Es aquí donde se producía el abuso, porque las cosasquenosedicen más viejas, sabían manejar perfectamente a sus monturas humanas, dirigiendo sus pasos, sus rostros dormidos. Cuando las cosasquenosedicen no querían un nuevo color, y sólo entonces, los humanos hablaban. Más que otro color, el  aburrimiento no estaba de moda entre aquellas cosas.

Incluso entre los desconocidos había pequeños nacimientos, conatos de masa humeante que se disolvían inmediatamente al llegar el autobús, al llegar el turno en la pescadería.

Conoció otras masas fuertes y charlaba con ellas. Una masa muy atractiva a la puerta de una discoteca, alta y curvada, fingiendo que fumaba. Otra masa muy abatida en un ambulatorio, que contraída sobre sí misma, sonreía de esperanza. Las masas más bellas estaban en los semáforos. Eran menudas y pizpiretas, tiraban besos a los coches. No tenían un sólo color feo, porque desde los coches vaya si se decían cosas.

Su tiempo se lo pasaba observando, lejos de sus humanos, conociendo otras masas. Un día vio por la calle a sus padres, y parecían más felices desde su marcha, más despiertos, así que decidió no volver con ellos.

Al no tener humanos propios, la masa fue tomando un tono incoloro, notando su propia muerte. Pero no estaba triste, había vivido. Para sus últimos momentos eligió mirar al cielo, donde descubrió algo maravilloso: Una gran masa de todos los colores cubría la ciudad, y sus muchos dedos como hilos manejaban a todas las pequeñas masas, incluidas las fuertes.

 

 

Los nuevos nuevos dioses I. Dame.

De todos los nuevos nuevos dioses del panteón de Madrid, considero el más atento con sus fieles al dios de los mendigos.

Mis argumentos para hacer esta afirmación son múltiples, empezando por que es un dios que siempre está ahí para cuando quieras unirte a su credo. También cabe destacar que no juzga tus anteriores coqueteos con otras religiones, incluso puedes compatibilizarlas con tu nueva fe, hasta es recomendable que finjas simpatía por ellas en el caso de que te aporte comida, ropa, o cobijo en invierno. Otro punto fuerte es que garantiza una invisibilidad parcial para con los creyentes de otros ministerios.

No vayas a envidiar lector, a Madrid por sus dioses, porque en esta nuestra cultura occidental a cargo del dios del dinero, todo va por franquicias. Este humilde escriba está seguro de que, si vives en otra ciudad, tus dioses serán tan buenos como los nuestros.

El único particular de nuestro divino local, a fin de la historia, es que nuestro dios tiene un profeta. Bueno, no sabemos si es profeta porque no sabemos si vindica algo. Quizás deberíamos llamarlo un favorito, un héroe entre los mendigos. Este devoto que ahora compartimos ha perdido ya hasta su nombre. Le llamaremos en adelante Pro, para dar fluidez a la narración, y porque la abreviatura está de moda.

Pro es un hombre con un don verdadero, no como los que sólo acompañan al nombre. De las brumas de su niñez sabemos  que ya le gustaba pedir, incluso más que al resto de los niños, aunque como muchos adultos, tampoco sabía qué hacer con lo que obtenía.

Podría ser que los padres de Pro fueran pródigos en sus dádivas o lo contrario. A diferencia tal vez de otros niños, Pro no tenía fronteras que le impidieran utilizar su poder fuera del ámbito de la familia. Salía contento a informar a sus vecinos el día de su cumpleaños, y a temprana edad dominaba el arte de quedarse quieto, mirando a los ojos tras dar la información, hasta que se producía la incomodidad necesaria.

No era malo en la escuela, pero prefería antes que sacar buenas notas, ir a negociarlas con el profesor. Gozaba de sacar de donde no había, de vender aire en botellas invisibles. Era un estudiante trabajador y aplicado, ya que además de lo justo para el colegio, en sus ratos libres componía sus bases sobre la vergüenza, la prisa, el silencio, la pena, la culpa…

Como muchos genios, Pro decidió que lo suyo no iba a aprenderlo con los académicos. Pro había venido al mundo a ser una revolución, no un imitador, es por esto que decidió no estudiar ninguna carrera.

Con dieciocho recién cumplidos entró al mercado laboral, totalmente dispuesto a que le explotaran. Aparentemente, porque tenía otros planes.

En sus primeros trabajos, Pro desarrolló su tesis “La masa y la inversionalidad de la abundancia”, en la que sus estudios de campo le ayudaron a entender que:

  1. cuanto menor es la masa de gente a la que pides dinero, antes se dan cuenta de que les pides demasiado.
  2. cuanto más dinero gana el sujeto, menos probabilidades tenemos de acceder a él y más probabilidades hay de que nos lo reclamen de forma efectiva. Véase como referencia los jefes intermedios y otras escalas superiores.
  3. una breve acotación a estudiar más adelante, es el departamento de recursos humanos, que solicitan documentación firmada, pero se intuye que posteriormente podría ser inútil si seguimos procedimientos particulares.

Visto lo visto, decidió entrar a trabajar en multinacionales con muchos empleados, y máquinas expendedoras.

En las grandes empresas, ante la explosión numérica de los sujetos de pruebas, Pro pudo hacer enormes avances en cuanto a “La frecuencia, la memoria, y el motivo”. Desarrollo una pauta migratoria, los algoritmos perfectos de retorno. Alcanzó el auge del movimiento perpetuo, el cuerno inacabable de la abundancia.

Con lo que ganaba pudo mudarse a un piso más grande, donde pudo instalar mapas departamentales en las paredes, pizarras enormes, y calendarios. Hasta llegó a ser ascendido en su empresa, ganando más dinero, y a la vez, decreciendo los porcentuales de deuda reclamada.

No vayamos a pensar que a Pro le interesaban el amor o el sexo, pero no era tonto, y sabía que era un mercado. No tardó en darse cuenta de que era caro pero provechoso. Perfeccionó sus conocimientos sobre la necesidad. Apretaba con fuerza las riendas relacionales, porque al fin y al cabo, si hay un vacío por el que la gran mayoría está dispuesta a pagar, es la atención. Y en las relaciones de pareja, más.

Cuanto más sola estaba una persona, no importa el género, cuanto más miserablemente se sentían, independientemente de su carácter o responsabilidad, más estaban dispuestos a pagar.

A diferencia del ámbito empresarial, en el que los rangos salariales eran un impedimento, las relaciones afectivas eran una gran puerta a la mano de los más privilegiados. Pro empezó a colarse así en las altas sociedades, y a mezclarse con mucha gente bien colocada, incluidos otros ajenos, gente culta y guapa principalmente.

En parte les admiraba, porque también ofrecían la nada a cambio de un ampuloso beneficio. En parte les detestaba, porque no tenían claro que querían cosas, y siempre rezumaban necesidades extrañas, como el cariño o el reconocimiento. Bueno, cada cual con sus intereses,  pensaba.

La belleza y la cultura acumulada se oxidaban más pronto que tarde en aquellas casas de techos altos, cubriendo a sus huéspedes de una suave pero implacable pátina de hastío, que anunciaba su salida. Ente aquellos que lo tienen todo, el mal principal es la falta de novedad, que paradójicamente les alarma de su propia impermanencia.

Pro, que observaba estos fenómenos, decidió aprovechar la ola antes de que rompiera, y estos océanos le fueran inaccesibles. Con todo lo que había ahorrado en su vida se arropó de sus amantes contactos para poner una empresa y permanecer en ese campo de estudios de gravedad frágil.

No vayamos ahora a pensar que nuestro protagonista se quiso hacer devoto del trabajo, puso una empresa de esas que venden necesidades creadas. No obstante hay beneficios intangibles que solicitar a un empleado, que al calendario, reportan pura moneda. Pro había conseguido ver a través del puente del tiempo, liberándose de la inmediatez. Y seguía aprendiendo, como revelaba en su estudio empresarial “la pereza, la ignorancia, y el miedo a lo desconocido”, un libro estadístico sobre ahorro contable a través del tecnicismo legal.

Pro estaba donde quería estar, y se encaminó directamente al gran reto. A través de los bancos accedió al mecanismo del crédito infinito. Demandaba sin ánimo de devolver, porque a diferencia del resto de los humanos, sabía que el dinero y el futuro eran dos ficciones mordiéndose la cola en un giro vertiginoso dentro de la mente.

Cuando tuvo a bien, simplemente cogió todo su dinero, lo metió en bolsas de basura y se fue. Se piensa que incluso convenció a la chica del mostrador de la parada de autobuses para que le regalara un billete al infinito.

Pro nunca fue a ningún sitio, siempre ha vivido aquí, entre nosotros. Vive el día en un parque a la puerta de un gran establecimiento comercial, y al atardecer regresa a un sótano que tiene alquilado en dinero B. Tiene una cama sobre una pila de papel moneda, y un sofá construido de fajos, donde se sienta a ver las noticias en su tele enorme de plasma, y a reírse de los pobres condenados, que además de dinero, quieren atención, reconocimiento, y prestigio.

 

 

 

 

 

 

Palabras perdidas

Del roce con la vida saltan chispas, incomprensibles y efímeras. Algunas de ellas se convierten en palabras. Otras se pierden, y no por ello dejan de ser poesía.

Un gato rojo para la felicidad.

Mis recuerdos son recientes como los vasos medio llenos encima de la mesa.

Tengo fugas de sueño.

El sol del día más largo puede ser demasiado.

No hay nada que garantice que sintamos o pensemos lo mismo.

No deseo mentiros, escribo cuando estoy triste, o tengo una emoción sin etiquetas que ni siquiera yo mismo comprendo.

Los días de vacío también existen, los días sin mañana.

No todo el cristal es transparente, ni todos los cristales transparentes permanecen sin mácula.

 

Miente por mí

Se conocen de niños, en una clase llena de otros niños, pero menos. Menos niños no, menos llamativos los unos para los otros como ellos se llamaban entre sí.

Todo empieza en una mesa llena de arcilla, que a diferencia de la plastilina, al quedarse seca se endurece, como la vida.

Él fabrica un dinosaurio, ella no sabe qué es. Él le cuenta lo que es un dinosaurio, ella se ríe y él también. Él le cuenta que cuando esté acabado, cabalgarán el dinosaurio viviendo aventuras, recorriendo el mundo. Ella sonríe con los ojos brillantes.

Pasan los recreos preferiblemente juntos, contándose cuentos recién inventados, fábulas en primera persona. Los demás niños les guardan un lugar en sus mentes, cercano a lo que no comprenden.

Aprenden a leer juntos, y cogen la costumbre de contarse el argumento de los libros en primera persona, incluso en los mejores días del invierno se disfrazan. Crecen dentro de sus mentiras, se tocan de mentira, y se besan de mentira, como los novios de mentira.

Llega el último verano de escuela y ya no les quedan septiembres. Se mienten, esta vez sin saberlo. Poco a poco, como esquejes de la misma planta, van creciendo cada uno en su maceta, cada vez más lejos. Van viéndose ocasionalmente por el barrio, desde pararse a conversar hasta que el saludo se convierte en obligación.

Pasan los años de mentira y ellos van conociendo a otros ellos. Se llenan de mentiras mucho menos cómplices, menos divertidas.

Un día ella entra en una discoteca ya decepcionada, y se lo encuentra. En el alcohol recapacita “de todos los que me han mentido, nadie me ha mentido como él”. Se acerca y le saluda. Al oído le confiesa que está en la discoteca porque el descapotable se le ha averiado, iba de camino a una cena con actores y gente de las pasarelas.

Él se ríe, se separa con los ojos brillantes, hace una pausa para mirarla. Se acerca a su oído y le miente. Así que ambos mentidos, salen a buscar al dinosaurio de arcilla, que con el tiempo ya está amaestrado, para que les lleve a la fiesta. Se besan y hacen el amor en un portal.

Siguen viéndose asiduamente para mentirse. Se mienten incluso sobre sus actuales parejas. Se van contando sus bodas  programadas, los hijos que tendrán, sus viajes, sus mascotas.

Poco a poco van dejándolo todo para mentirse más frecuentemente, hasta que ya casi se mienten en exclusiva. Hasta que un día deciden irse a vivir juntos, para mentirse del todo. Ella descubre que él no ronca, y él que ella no se tira pedos.

Salen por la mañana a trabajar a la ciudad, y vuelven corriendo por la tarde a mentirse dentro de su isla.

Una noche ella se siente mal, y van a un hospital muy falto de fantasía. Un doctor le diagnostica que se está muriendo de verdad, y que apenas le queda tiempo. Ella llora y se caga en la puta verdad.

Él se quita los zapatos y se acurruca detrás de ella haciendo la cucharita. Le aparta el pelo de la oreja para alimentarla de una última mentira. Le cuenta que no existen, que son parte de un cuento, un ensayo nacido de los dedos de un insomne. Le cuenta que son tan reales como los unicornios, y que al final del cuento no se muere, porque el cuento no tiene final. Le cuenta que vivirán para siempre en la imaginación de alguien.